Misterios de niñez
Zuri no recuerda nada de lo que sucedió. Pero su madre le cuenta su historia, aún fresca en su memoria.
Los padres de Zuri vivían en los Ruices, en una Caracas muy distinta a la actual. El pequeño apartamento fue el hogar de Zuri durante cuatro años y su dormitorio siempre fue el mismo que el de sus padres, aunque sus juguetes tenían un cuarto propio. "¿Por qué no dormía yo entonces en esa habitación?" se preguntó Zuri durante el relato, pero descartó la pregunta al instante, negando con la cabeza involuntariamente. Su madre aseguraba que como cualquier otro niño, esta era la habitación preferida de Zuri y en donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Un día Zuri corre por los pasillos buscando a su mamá. Ya hacía tiempo que Zuri andaba sin ayuda de adultos y que lograba comunicarse con ellos. La madre le responde en el mismo tono de siempre, pero su alarma crece cuando escucha la razón por la que su hija le llama:
- "Mamá, hay una señora que me mira en el cuarto"
Alterada y confundida, su madre no lo piensa dos veces antes de irse a toda prisa a la habitación de juegos para encontrarla, como esperaba, desierta. Zuri permanece a su lado. La madre se vuelve hacia ella y le pregunta dónde está la señora de la que habla. Zuri señala a una esquina mientras la mira fijamente.
Este no fue el único incidente que ocurrió en aquel pequeño apartamento durante los meses siguientes. De vez en cuando Zuri le gritaba a su mamá, mientras dibujaba sentada en uno de los pasillos: "¡Mamá! ¡La señora!". Y su madre siempre se volvía aterrada, como si temiera que en cualquier momento sus ojos le harían ver algo para lo que no estaba preparada.
La mamá de Zuri era una mujer de ciencias, pero como cualquier mente capaz de retar lo que el mundo considera realidad, escéptica en variedad de temas. Fue así como, a través de contactos familiares, consiguió invitar a la persona que consideraba capaz de encontrar una respuesta al misterio en su hogar: una santera. Su reputación y respeto sobrepasaban el que reciben muchos bajo el mismo título en el mundo de hoy. Al menos esa era la impresión de quienes vivían en aquella época, mas tímida y creyente.
La santera fue a su casa y junto con su tabaco y oraciones, realizó los rituales sin la presencia de Zuri y su madre. Al terminar contó muy superficialmente la historia oculta en ese lugar. En ese apartamento había vivido una pequeña familia hace unos años, y la señora parecía ser la única que no había logrado "cruzar". Su presencia causaba tristeza, aunque no mostraba ninguna agresividad. Quizás Zuri le recordaba tiempos felices.
Luego de esto Zuri no volvió a ver a la señora en aquel apartamento. Luego de un tiempo, su vida se volvió impredecible. La familia se mudó a Valencia por motivos del nuevo trabajo del padre. Sin embargo, no mucho después sus padres decidieron separarse y Zuri y su madre se mudaron a Falcón, con su abuela y tías. Zuri solo recuerda fragmentos de aquella etapa, normalmente ocupados por su abuela, quien se convirtió en su nuevo guardián mientras su madre asistía a la pasantía rural.
Fue entonces cuando en una tarde, en casa de familiares, su madre y sus tías se encontraban charlando animadamente, despojadas de miedos e incertidumbres. Zuri jugaba con su pequeña prima. La madre, producto de su instinto, no la perdía de vista. De pronto se percata de que su hija clavaba su mirada en el horizonte, ensimismada: "ah, es la señora de nuevo". Su mamá la llama al instante, y Zuri corre a su lado. Luego del interrogatorio su madre y sus tías descubren de Zuri que la señora que hace tiempo no veía, las observaba jugar. La conocida santera ya había declarado que si esto ocurría, no representaba buena señal. La señora se sentía apegada a Zuri.
El fin de esta historia no muestra ningún desenlace. Que ella recuerde, después de este último suceso, Zuri nunca volvió a ver a la señora. La razón de esto es poco convincente: como estrategia para acabar con aquella conexión impredecible, Zuri fue bautizada a los seis años.
Al final del relato Zuri quedó insatisfecha. No cuestionaba a su madre, sino a la consistencia de los hechos y el mundo en el que vive. Se preguntó si alguna vez volvió a vivir experiencia similar. Pero como muchos otros adultos, la que veían sus ojos era la realidad que todos aprenden al crecer.
Los padres de Zuri vivían en los Ruices, en una Caracas muy distinta a la actual. El pequeño apartamento fue el hogar de Zuri durante cuatro años y su dormitorio siempre fue el mismo que el de sus padres, aunque sus juguetes tenían un cuarto propio. "¿Por qué no dormía yo entonces en esa habitación?" se preguntó Zuri durante el relato, pero descartó la pregunta al instante, negando con la cabeza involuntariamente. Su madre aseguraba que como cualquier otro niño, esta era la habitación preferida de Zuri y en donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Un día Zuri corre por los pasillos buscando a su mamá. Ya hacía tiempo que Zuri andaba sin ayuda de adultos y que lograba comunicarse con ellos. La madre le responde en el mismo tono de siempre, pero su alarma crece cuando escucha la razón por la que su hija le llama:
- "Mamá, hay una señora que me mira en el cuarto"
Alterada y confundida, su madre no lo piensa dos veces antes de irse a toda prisa a la habitación de juegos para encontrarla, como esperaba, desierta. Zuri permanece a su lado. La madre se vuelve hacia ella y le pregunta dónde está la señora de la que habla. Zuri señala a una esquina mientras la mira fijamente.
Este no fue el único incidente que ocurrió en aquel pequeño apartamento durante los meses siguientes. De vez en cuando Zuri le gritaba a su mamá, mientras dibujaba sentada en uno de los pasillos: "¡Mamá! ¡La señora!". Y su madre siempre se volvía aterrada, como si temiera que en cualquier momento sus ojos le harían ver algo para lo que no estaba preparada.
La mamá de Zuri era una mujer de ciencias, pero como cualquier mente capaz de retar lo que el mundo considera realidad, escéptica en variedad de temas. Fue así como, a través de contactos familiares, consiguió invitar a la persona que consideraba capaz de encontrar una respuesta al misterio en su hogar: una santera. Su reputación y respeto sobrepasaban el que reciben muchos bajo el mismo título en el mundo de hoy. Al menos esa era la impresión de quienes vivían en aquella época, mas tímida y creyente.
La santera fue a su casa y junto con su tabaco y oraciones, realizó los rituales sin la presencia de Zuri y su madre. Al terminar contó muy superficialmente la historia oculta en ese lugar. En ese apartamento había vivido una pequeña familia hace unos años, y la señora parecía ser la única que no había logrado "cruzar". Su presencia causaba tristeza, aunque no mostraba ninguna agresividad. Quizás Zuri le recordaba tiempos felices.
Luego de esto Zuri no volvió a ver a la señora en aquel apartamento. Luego de un tiempo, su vida se volvió impredecible. La familia se mudó a Valencia por motivos del nuevo trabajo del padre. Sin embargo, no mucho después sus padres decidieron separarse y Zuri y su madre se mudaron a Falcón, con su abuela y tías. Zuri solo recuerda fragmentos de aquella etapa, normalmente ocupados por su abuela, quien se convirtió en su nuevo guardián mientras su madre asistía a la pasantía rural.
Fue entonces cuando en una tarde, en casa de familiares, su madre y sus tías se encontraban charlando animadamente, despojadas de miedos e incertidumbres. Zuri jugaba con su pequeña prima. La madre, producto de su instinto, no la perdía de vista. De pronto se percata de que su hija clavaba su mirada en el horizonte, ensimismada: "ah, es la señora de nuevo". Su mamá la llama al instante, y Zuri corre a su lado. Luego del interrogatorio su madre y sus tías descubren de Zuri que la señora que hace tiempo no veía, las observaba jugar. La conocida santera ya había declarado que si esto ocurría, no representaba buena señal. La señora se sentía apegada a Zuri.
El fin de esta historia no muestra ningún desenlace. Que ella recuerde, después de este último suceso, Zuri nunca volvió a ver a la señora. La razón de esto es poco convincente: como estrategia para acabar con aquella conexión impredecible, Zuri fue bautizada a los seis años.
Al final del relato Zuri quedó insatisfecha. No cuestionaba a su madre, sino a la consistencia de los hechos y el mundo en el que vive. Se preguntó si alguna vez volvió a vivir experiencia similar. Pero como muchos otros adultos, la que veían sus ojos era la realidad que todos aprenden al crecer.
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